Qué miedo. Qué miedo, qué miedo, qué miedo que uno de esos días que me despierte a tu lado sea de esos en los que cae un manto pesado y negro y un pensamiento de desgana profunda. Un agujero. Una sensación de que ojalá no haberme despertado hoy tampoco aquí, de las que pasan 1/6 de los días (ahora) de los que han pasado con mayor frecuencia, de los cuales su reflejo se extiende como una sombra en las horas más altas previas a la puesta de sol.
Y más miedo aún, qué miedo, a que sientas el alivio, de estar en esos 5/6 y veas mi alivio ante el miedo, qué miedo, no puedo moverme, qué miedo. No quiero desear no estar tanto, no ser tanto, ser menos de la mitad. Qué duro pasar tanta vida deseando ser perfil, canto, vértice, un cuarto de mitad. Y aún así mediocre. No siento el brillo, no veo el brillo, lo he debido despegar.
Las abejas no ven magenta, o lo ven todo magenta, no me acuerdo, para el caso da igual. Te abrazo, abeja, pero hay una parte de realidad que no me perteneces, que no es cuestión de percepción, cuyos matices y gamas no ves, cuyas temperaturas no sientes. ¿Sufres?¿Cómo sufres?¿Sientes mi dolor?
Me ha crecido malva en las pestañas, ¡agárrame fuerte! Ardo en deseos de irme, de no-ser hoy también y si me sueltas tengo la sensación de que me perderé el capítulo siguiente y siento FOMO; y si me sigues siento hartazgo porque todo está pautado y no hay giro que rompa la cuarta pared. ¿Hola? ¿La mano me la das tú o me la doy yo? ¿Da la mano quien ansía recibirla o quien la ofrece?
Ojalá mis 5/6 se prolonguen y se pueda disipar ese día terrible entre el ciclo menstrual.