Malasaña me ha dejado cicatrices en el empeine y en Lavapiés me quemé.
La ciudad pasó sobre mí.
La ciudad es el escenario de representación del poder. La ciudad se moldea a través de la cultura hegemónica y la contracultura. La ciudad es, en resumidas cuentas, cultura. Ahora, la ciudad moldea mi espacio interior. Y a veces no sé si la ciudad es antes que yo o yo hago la ciudad. Pero quizás esta perspectiva lefebvreriana no nos lleve a ninguna parte así que por qué no, centremos la respuesta a un individualismo fragmentado y líquido liberal.
Hago la ciudad porque puedo y, a la vez, la ciudad es donde en Sol dan las doce y el público se abraza. Yo me creo a través de crear la ciudad. Y no es mi mero fondo del feed de Instagram, esta plataforma también pasará. La ciudad me despierta y grita que me apresure, que cruce y compre; que espere el próximo tren. No hay estaciones en la ciudad porque asfalto y la gente están tan calientes que nunca tengo frío. Los grupos de música que admiro pasan por mi escenario, mi ciudad, y en la puerta me piden un fuego que no tengo pero que me encantaría dar. Y en la esquina de la calle alguien ha pintado un “te amo” efímero que la lluvia borrará. La mano tibia de mi abuela me detiene a contemplar la fachada ajada de un edificio que vio levantar. Y las plantas del invernadero del Botánico, no obstante, están igual.
Recuerdo en Melbourne una noche densa donde el tiempo se paró: la lluvia estaba suspendida y no caía. Pensé que de alguna forma, el continente entero estaba abrazándome porque había entendido que estaba sola.
Y a contrarreloj no dejé una calle sin recorrer del downtown austral.
Ciudad y tiempo, espacio y ciudad. El tiempo puede cambiarme pero yo puedo cambiar la ciudad.
Y así paso a positivo el mensaje del glam.
¿Por qué quiero cambiar la ciudad?
Porque necesitamos aumentar los espacios de representación de la realidad real. La vida está pasando mucho más deprisa de lo que el espacio de la urbe refleja. Este reflejo necesita con urgencia un lapsus, que como una burbuja huida de una escafandra perdida, irrumpa en las arterias de la ciudad.
Esta ruptura de brillo inevitablemente solo puede ser producida por la juventud, por ser efímera, por ser tan rápida como la ciudad.