Todo está bien.
Me duermo últimamente repitiendo esa frase a medio camino entre afirmación y anhelo.
¿Todo está bien?
¿Todo? ¿Está? ¿Bien?
Cambié a la psicóloga más barata del barrio por clases de yoga hasta que en clase de yoga volví a sentir ganas de llorar en público. Ahora cierro los ojos y veo ruido blanco. No siento hambre, ni frío, ni tengo tanto sueño como para dormir ni tanta energía como para estar despierta. No soporto hablar de comida mientras como. Primo el silencio, lo limpio, lo bueno y breve, a lo mucho y malo.
Me he enamorado.
Y cuando estoy con esa persona tampoco tengo hambre, pero ya no siento ni frío, ni sueño y me cuesta ser consciente de que estoy despierta porque despierta sé -con la certeza de la experiencia- que nadie quiere de verdad estar conmigo. Me pregunto de veras si algún día podré ser suficiente YO como para llorar, como no he llorado en años, amarrada a sus brazos. Y me pregunto, de verdad, si haré sentir a esa persona orgullo por estar a mi lado y fortuna por mi presencia aún siendo despojo. Porque también soy eso y quisiera de verdad sentirme arropada, como la niebla lame a las montañas, cuando estoy lila.
Se ha cumplido: tengo una habitación blanca donde llevarte. Y tenías razón, era todo cuestión del momento. El momentum.
Te echo de menos, papá.