10 diciembre 2017

Trerpa

Mira, escribo por aquí porque no debo, es decir, mejor no, escribirte que te quiero. Es decir, espera, reformulo, que se me han subido los canónigos a la garganta y no sé qué digo. La cena, qué loca. Quiero decir, que me hace sentir como si no fuera tierra, ni humo, ni boca, ni hombre. Tú. No la ensalada. Es decir, mujer, hombre como genérico de individuo. Y sí me siento boca, pegada a tu cuello, a tu clavícula. Lamprea. Y a veces frágil y otras inefable. Joder, qué bonita palabra. Lloro porque me agarres para no deshacerme tampoco esta noche mientras inspiras, respiras, suspiras, pero es que a veces y para entonces, ya he ardido, y no soy ni piñas, ni palitos, ni carbón, fósforos, alquitrán, llamita, llamarada, fogata ni Galicia entera el pasado octubre. California y todos sus bomberos ardidos se quedan cortos. Ni Fukushima arde así y mira que aún están apagandola. ¿Quién me apagará a mi? Espero no tener que ser yo, que yo no soy frío. Soy sentimiento. Soy emoción. Soy rojo carmesí, terciopelo y bengalas. Y sueno grave, a chimenea crepitante, y a tus sábanas.
Apenas erguida y sutilmente ya me he ardido. Y digo que ni humo porque no puedes tocarme, ni tierra porque no puedo soportarte. Y no te quiero, no me gustas: me haces sentir. Y es que no sé qué es esto porque nunca me he sentido así. Tanto y hacia mi. Cuanto más va hacia ti mejor me siento. Y cuanto menos necesito de ti, soy mejor. No necesito nada, solo a mi, y si ya es a mi contigo, junto a ti, fetén. Tan puro y hacia ti. Que yo te quiero, pero no poseerte. Quiero tocarte, quiero que me beses y de la mano vayamos por Noviciado. Quiero que rompamos Madrid. Vete y vuelve, volverás: soy la atracción con más luces del Prater.