Ojalá más poético pero es que es esto: te echo mucho de menos y lo siento mucho. Tengo una viga clavada perpendicular a mi estómago cuando pienso si pensaste o no, que no eras nada, que ya no eras nada. Porque me lo dijiste, la última vez que con tus manos harina me dijiste que no eras nada, que te hacía sentir que ya no sabías que hacías aquí me lo dijiste y me taladra y me taladra y me taladra. Pienso si te diste cuenta de que el último día no fui. Y siento nauseas, siento nauseas, siento nauseas. No fui porque no quise, porque no podía más porque estaba cansada de llorar día sí y día también, cansada del olor a estertor y cansada de tu mirada ausente clavada en mis ojos queriendo saber algo que yo no sabía ni supe ni sabré qué. Lo siento mucho. Me ahonda la garganta pensar que no lo hice bien, que no lo hice mejor y que nadie hizo nada. Constantinopla cae, escucho bombas por el televisor. Nadie dice nada.
Quiero volver a tu casa.
Te quiero mucho, me siento condenada a echarte de menos para siempre, para siempre, para siempre. Como todos los que os vais. A todos. Me duele, joder, me duele. No lo aguanto: me duele. ¿Me queda más de lo que he exististido, tres veces más de lo que he existido, echándote de menos? Joder, ¿y con remordimiento? Joder, no puedo, joder, necesito hablar con alguien. Y necesitaría de verdad poder haber estado contigo, llorar sin miedo a alguien. Y te hago en una nube. Te desee muy fuerte la mejor de las nubes para la cabeza. Un disfraz de cabeza de cúmulo. Ojalá, ojalá, ojalá no sintieras ni frío, ni miedo, ni resignación, ni humillación, ni cuerpo, ni mente, ni soledad, ni muerte. Ojalá hubiera estado ahí contigo. Lo siento mucho. Lo siento mucho. Lo siento mucho. Te quiero, eternamente, te quiero. Siento muchísimo haber entendido la muerte y que eras finita por completo al haberlo vivido. De verdad lo siento. De todas, mi cariátide más hermosa está tallada por ti.
Y tiemblo.