Nunca en mi vida he estado o sido tranquila y, sin embargo, este año parece que me siento así y, mejor aún, lo proyecto.
Esa certeza de las chimeneas: la llama, como una lengua al vacío, no va a soltar chispas fuera y prender la moqueta para incendiar la casa.
He sentido ser saco de carga pero con la guardia alta.
Porque la realidad es que me siento embalse humeante y opaco. No reflejo el cielo. Lo miro sin atisbo de mimetizarme y, quieto, espero. Estoy tranquila, es verdad. Me llena orgullo y lucha, mis logros; tesón y esperanza, mis metas; y amor propio, disfruto más conmigo que nunca. Aunque el exterior se tambalea, no siento rechazo ni dolor porque como una halo de gracia he aprendido a gestionar las contingencias -qué es la vida sino esto- y mantenerme, quieta, como un muro de carga ante lo siguiente.