La superficie me ahoga pero no crepita para quebrarse, rasgarse, estirarse y distorsionarse hasta romperse, por agujeros de bala y punzones infantiles, como chicle, derretida, como las velas que ya no me enciendes, crujiente. Realidad, no me atraviesa tu intensidad. Soledad Montoya, toma al fruto muerto de mis entrañas y huye por el camino de la esquina plagado de plantitas, parece que al girar se avecina más vida pero este peso yo no puedo cargarlo y no recuerdo si tu hermano mató a mi padre, pero preparaté a morir.
Escribe al coronel, que la carta diga que yo luché hasta el primer golpe, hasta que gente que nunca antes había muerto empezó a fallecer.
Y que yo lloví.
Y él viento, silencio.
Fin del acto vigésimo primero.
- Decepción hace presencia, se apagan las luces y se cierra el telón.-